El dodo era un ave endémica de las Islas Mauricio. Una especie a la que la evolución darwinista llevó a ser terrestre, olvidando por el camino la capacidad de volar. Sería esa misma selección natural la que se cobraría hasta el último ejemplar, ya que con la colonización e invasión de los europeos su existencia llegó a su fin.

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Los seres humanos del siglo XVI extinguieron al dodo destruyendo su hábitat natural e introduciendo una nueva fauna foránea y un sinfín de enfermedades. El ave, de hecho, fue llamada así, dodo, por la facilidad con la que podía ser cazada. Su historia no les había hecho temerosas de los criminales bípedos.

Dentro de la selección natural del mundo del deporte, la NBA se ha erigido como uno de los mayores depredadores jamás conocidos. A lo largo de su historia ha aplastado sin piedad cualquier competencia que osara rivalizar contra su dominio. Desde la difunta ABA, a proyectos menores y un tanto rocambolescos como la CBA o la IBL.

La NCAA ha sido la única en sobrevivir porque es una competición sin igual ni competencia directa. Hasta la fecha, la NBA nunca ha podido hincar el diente en su yugular. Y Mark Emmert se ha apoltronado en su paradisíaca isla, sin amenaza alguna de posibles cazadores. La competición siempre se ha regido por su carácter restrictivo e inmovilista.

Pero la NBA, que vive su segunda edad dorada y un boom económico sin precedentes, lleva años planeando su desembarco para colonizar un territorio amurallado. Mientras la NCAA se atrinchera bajo la ilusión de creerse invulnerables por el prestigio de su competición y el supuesto valor añadido de los estudios universitarios, la disidencia comienza a organizarse.

No es objetivo de la NBA acabar con la NCAA, ni mucho menos. Sino acabar con su feudalismo y meter la cabeza en su monopolio. La NCAA siempre ha evolucionado con años de retraso, cuando los depredadores ya estaban llamando a su madriguera. Aún es pronto para analizar cuál será el impacto de la G-League atrayendo prospects. Y Emmert, como el confiado dodo, sigue sin considerarlo una amenaza, sino una opción alternativa. Hasta que los primeros grandes ejemplares comiencen a ser abatidos. Para entonces, igual ya es tarde.

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