Lo que era uno de los fines de semana más divertidos para el aficionado NBA se ha convertido en una molestia. Entre uno y otros se han cargado el All Star Weekend para que ahora sea solo una fiesta por y para los jugadores, apartando de este fin de semana al fan y seguidor. It’s over, pero no en el sentido que decía Carter.

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El conocido en la jerga como partidos de los rookies evolucionó a un nuevo formato para evitar los esperpentos defensivos que se estaban viendo en sus últimas ediciones. Era habitual que a 2 minutos del final, la defensa hiciera un Mannequin Challenge (se puso de moda aquí, no os engañéis) para que el saltarín de turno luciera muelles – todo sea dicho, alguna vez se vieron mejores mates aquí que en el concurso del día después [hola, John Wall] – en el día de menos influencia de público del fin de semana. Para intentar evitar esto, la NBA aprovechó la globalización de la competición para montar el prototipo de un partido que muchos fans del baloncesto desearíamos ver alguna vez en la vida a pleno rendimiento. Un USA vs Resto del Mundo, pero en versión de bolsillo, con los jóvenes de la liga. Se mezclaban, pues, rookies y sophomores según su origen para formar dos equipos e intentar lavar la cara de la noche del viernes. La idea está ahí, pero no parece que esté dando mucho resultado. Las defensas siguen siendo inexistentes durante todo el partido y las anotaciones cada vez son más altas siguiendo el mismo camino que el partido de los mayores. Por hacerse, se hacen mal hasta los premios.

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El sábado, la noche de los concursos. La que servidor esperaba con más ansia por aquello de que los mates siempre gustan cuando uno es un chaval. Pero vayamos por orden. Se cargaron una de las pruebas que más encanto tenía, el Shooting Stars: concurso de tiro con leyenda, jugadora y jugador. Combinación mortífera que acababa con risas y espectáculo con tiros desde media pista. Pues nada, fuera. Se ve que a la NBA no le parecía bien ver a ex-jugadores como Kenny Smith o Rick Fox tirarse piedras desde el centro de la cancha o meter la que estallaba con el ‘Ohhhh’ de la grada – menos la de New Orleans, que es probable que sea una de las más sosas de la liga -. Luego llegaba el Skills Challenge. Era realmente un circuito de habilidades con varios cambios de mano, pase picado, pase de pecho y tiro. Los jugadores lo hacían a medio gas, vale, pero era un concurso de habilidades. Se cambió el formato por unas rondas eliminatorias que acaban en una final de hombres altos vs exteriores. Más divertido, sí. Y ganan Towns y Porzingis en dos ediciones, doble diversión, pero de habilidades pocas. Circuito prácticamente recto. La nostalgia aparece cuando uno recuerda aquellos concursos en los que Wade, Nash o Baron Davis ganaron. O el año en el que Derrick Rose, aún sin arrancar a sudar, se puso la corona del desafío con un mate con rectificado que superó a algunos que se vieron minutos después en el propio Slam Dunk Contest- edición de 2009, quizás una de las peores que se recuerdan-.

Los triples quizás sean lo mejor de todo el fin de semana. Acuden mayormente los grandes tiradores de la liga (menos Steph este año, que se ha rajado tras perder el año pasado contra Klay) y siempre asistimos a buenas rachas de los participantes o a eliminatorias con cierta igualdad. Otra novedad, el carro completo de tricolores (money balls) que valen doble. Injusto para aquellos que hacen un circuito más regular, pero espectacular para los tiradores que tienen altos porcentajes en zonas concretas. En cualquier caso no molesta y le da su qué a la competición.

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Pero los mates… AY LOS MATES. Quitando el Aaron Gordon-Zach LaVine del año pasado (Gordon got robbed, no se ha dicho lo suficiente), ¿cuántos grandes concursos de mates se han visto en los últimos años? Podemos salvar algún mate suelto como el de McGee con dos aros, el de Ross con la camiseta de Carter o el monólogo de LaVine en su primer título, pero a nivel global de concurso la cosa flojea. Se intentó hace unos años algo que apuntaba mal ya antes de empezar: un Este vs Oeste con una ronda de mates freestyle en equipo. Nada, que no moló. Muy frío todo. Un concurso, además, que ya venía siendo reconvertido en un show desde que Howard se puso la capa de Superman y Nate Robinson le ganó vestido de verde simulando la kryptonita. Nombres poco conocidos e incluso no grandes matadores se apuntaban al concurso [Hola, Chase Budinger. Por mucha gorra que lleves, white men can’t jump (Jordan Kilganon no cuenta)], Harrison Barnes (un in-game dunker en sus primeros años, pero jamás un matador de concursos), Plumlee… Tiramos de nostalgia otra vez. Ya no hablo de que los concursos sean como el de Carter del 2000, pero recuerdan la rivalidad Jason Richardson – Desmond Mason, Iguodala, la zurda de Josh Smith o la originalidad y potencia de Dwight Howard. Sí, luego ya se volvió un show fatal, pero el año que lo gana nos deja un par de mates para el recuerdo. Volvamos a la pregunta inicial del párrafo ¿cuántos grandes concursos de mates recuerdan en los últimos 7 años? Bien, sigamos avanzando.

Y llegamos al plato fuerte. La que siguen vendiendo como una de las grandes noches de baloncesto en Estados Unidos. El All Star Game. Un espectáculo esperpéntico que ha dejado de lado el aficionado para centrarse únicamente en una pachanga entre amigos – o no tan amigos – de las mejores estrellas de la liga donde todo son risas y buenos gestos -algunos más falsos que un duro sevillano-. Un partido en el que defender se considera pecado capital y lo importante es apartarse para que LeBron, Durant, DeRozan o Davis (por decir algún nombre) hagan el mate o el alley-oop. Bien es cierto que tradicionalmente en este partido se ha defendido poco, pero era una pachanga que se podía ver, que no provocaba que te sangraran los ojos. Era un partido anotador, que se iba a unos 130 puntos con mates espectaculares y siempre algo de show [aka Shaq]. Pero la dinámica de las dos últimas temporadas ha quemado el All Star Game. En el ASG de 2016 se batieron infinidad de récords de triples, puntos anotados y pasividad defensiva. Pero en la de este año han vuelto a superar esos récords. Nos encontramos, pues, que en dos años se han pulverizado marcas de un partido que tiene más de 66 años de historia. Y no son récords que hablen bien del partido precisamente. Es ofensivo que el primer cuarto acabe con un 48-53 y que al finalizar el partido el resultado final sea 192-182. Por Dios, que hay niños mirando.

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Por comparar, en la edición de 2004 se llegó al término de los primeros 12 minutos con un 31-33. Y el encuentro acabó con un 136-131. Más. El pasado domingo se lanzaron más de 120 triples entre los dos equipos. Infumable. Por comparar con otro ASG, en el de 2005 no se llegó ni a 50. Sí, la evolución del baloncesto y de esta NBA ha comportado que el triple gane cada vez más enteros, pero ver un partido con más de 120 triples tirados es duro. Muy duro. Más. Incluso defendiendo poco como se hacía en ediciones anteriores, los jugadores tenían su momento para dejar un 360, un molinillo o un alley-oop descomunal a tablero. Que se lo pregunten a Carter, McGrady, Kobe y compañía. No es necesario que las defensas se aparten y conviertan la cancha en una autopista sin peaje. Haciendo esto, lo único que hacen es desmerecer el mate. No impacta tanto, ni crea tanta expectación porque sabes que no va a tener ni un mínimo de oposición. Show extrabaloncestístico, eso sí, tienes el que quieras. Impecable The Roots con su presentación.

Las nuevas estrellas NBA parece que hayan acordado que en el ASG se tiene que jugar así. A defender con la mirada, a tirar muchos triples y a convertir lo que era una fiesta para todos en una fiesta exclusiva para ellos. Solo hay un jugador al que parece que esto no le va: Giannis Antetokounmpo. Le vimos defender, posterizar y robar balones. Más actitudes como la de Anteto y menos tonterías y show de Curry’s, LeBron’s, Westbrook’s y un largo etcétera.

Están a tiempo de cambiar antes de que la leche que se peguen sea del copón. La organización de la NBA no es tonta, suele pensar lo correcto y las críticas recibidas (ya no solo en Europa, sino también en los propios Estados Unidos) deberían hacer que se replantearan la situación. ¿Qué hacer para que los jugadores se tomen en serio el partido? Es complicado. Algunos hablan de conceder el factor pista en las Finales a la conferencia ganadora del partido. Error, creo yo, porque restaría valor a la Regular Season y estaríamos mezclando churras con merinas. Por ejemplo; de qué le sirve a Giannis, Jimmy Butler o Kemba Walker que LeBron el Este tenga factor cancha a favor. Si los Cavs, o los Warriors, o los Spurs tienen ventaja de campo que sea porque SU equipo ha trabajado en RS y no por lo que un mix de jugadores de diferentes equipos hagan en un solo partido. Personalmente yo daría un pick 15 (el primero que no es lottery) del draft al equipo del jugador que gana el MVP.

Y para ir acabando, un último punto negativo del All Star Weekend: después del drama, nos obliga a estar 4 días sin NBA. Eso sí que es duro.

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